CÓDIGO NEGRO
Ojalá que cuando beses a ese cuervo, sus besos causen en ti un destierro y puedas sentir los fantasmas de las caricias que dejé en tus…
Sé tanto como tú que, cuando abra la puerta, no veremos la burbuja frente a nuestros ojos; no habrá el antojo para saciar el deseo sexual…
Cuando la brisa entre por la mañana y someta con su peso el olor de mi colonia, entenderás que ajenas siempre fueron las cadenas que se…
Con dolor avanzamos; cada paso sobre la sangre inocente cargaba el peso de nuestros actos. A tan corta edad, abrazamos un destino…
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1) Vuela lejos:
Ojalá que cuando beses a ese cuervo, sus besos causen en ti un destierro y puedas sentir los fantasmas de las caricias que dejé en tus sábanas. Que, cuando te levantes de la cama, mis gemidos en tu oído apaguen el fuego de ese impostor y que las flores que acaban de nacer mueran bajo la furia de mis recuerdos. Yo siempre seré auténtico, con el látigo que despedazaba en fragmentos los latidos de tu cómico corazón. Yo siempre seré mágico, el mago que transformaba tus pasiones en una locura tan única en tu recámara.
Aunque asiáticos fueron tus besos, no pudieron llevarme a ver el sol a las puertas del dragón. Más allá de la imaginación que nos ofrece este mundo, nace una unión entre Sagitario y Acuario. Tú y yo vivimos enlazados por el tiempo que nos ofrece este universo. Grito de alegría en votaciones a nuestro luto, y en ocasiones bebo vino hasta entregarle mis sentidos al embriague que dejó tu amor. Yo, sí, yo, el que escribe, arrastré una tormenta de arena a la cabra enferma que llevas en tu cabeza. He comprendido que manzana siempre serás y, como la araña, has tenido el privilegio de tener éxito en el mito de tu cacería. Lo admito, fui adicto y preso, puesto como trofeo en el museo de tus orgasmos. Hoy mi espalda carga la cruda cicatriz de tus arañazos, y esas siempre dejan una pregunta en mi alcoba para aquellas que se desplazan como atletas en mi cama.
2) Burbuja:
Sé tanto como tú que, cuando abra la puerta, no veremos la burbuja frente a nuestros ojos; no habrá el antojo para saciar el deseo sexual que nuestro cuerpo pide a gritos. Sé que te extrañaré tanto; sé que mis lágrimas inundarán la habitación y será un conjuro a la locura en los pensamientos que danzan vagamente en nosotros dos. Sí, siempre fuiste tan culpable como yo al dejar que este fuego se apagara. También sé que la incredulidad te venció y que la sonrisa de ese turbado te enloqueció.
Tal vez mañana, en el balcón, te escriba una melodía crónica y luego vaya al salón de la esquina y la cante en medio de todos aquellos borrachos deprimentes que van a ahogar sus penas en el vaso de whisky. ¿O quién sabe? ¿Si le pongo la bala al rifle y te hago una cacería? ¿O quién sabe si haga estremecer, en el amanecer, al periódico en la primera plana? No sé, mi querida loca. Sí, así te llamaré de ahora en adelante: mi querida loca, la que está más torcida que una cotorra, la que cantaba en la bañera mientras lavaba mi cuerpo para empoderarse de él y construir ilusiones falsas que solo un tonto podía mágicamente construir: un palacio de falsedad. Solo yo soy capaz de beber mis lágrimas y enloquecer tanto bajo el fuego de tus recuerdos, y envolverme como una bola de hilo y creerme toda la basura que mi desierto seco expulsa.
De esta tierra humana, llamada polvo, nacen flores hermosas; pero el tiempo afina sus espinas, convirtiéndolas, a muchas de ellas, en veneno mortal. Ella se disfraza con un maquillaje exótico y, cuando prueba sus olores, todo se vuelve caótico, y entenderás que el amor que ofrece esa bella mujer es un lunático que hace pedazos a los corazones más puros que puedan existir sobre esta tierra llamada polvo. No es cuestión de entender el enredo que tiene en su autoestima, sino de analizar y afirmar, con precisión, el demonio de la lujuria que lleva Laura por dentro.
Pues, para ese cobarde que vive allá dentro, recité un verso emocionante y poderoso: ¡si siete veces me caigo, me levanto! Con su favor, soy auténtico entre la brasa del carbón encendido. He comprendido que soy el tormento que enloquece a Laura, la flecha del sagitario que cargo por destino. Que mi lucha no es contra ella, sino con ese espíritu vagabundo que se hospedó en su templo. Yo soy la lumbrera que pasa, como un rayo de luz, por los callejones más oscuros de Laura.
3) Rosas negras:
Cuando la brisa entre por la mañana y someta con su peso el olor de mi colonia, entenderás que ajenas siempre fueron las cadenas que se enroscaron en esa figura que te fue otorgada. Una locura, la cura que buscaste en la curandera que vistió tu cuerpo de collares que avisaron al infierno. Y aunque el invierno trajo recuerdos, aquel día que nos conocimos no sirvieron para nada si no siguieron su curso, alojando en una esquina la frialdad que siempre estuvo al lado de tu puerta.
Yo, el que escribe como un loco enamorado, emprendí una psicología que elogiaba tu sabiduría. Te lo juro que pensé que nuestro amor duraría para toda una vida entera, pero en la tierra misma que pisan nuestros pies apareció la sepulturera y sin pedir permiso lo enterró. Luego se fue con una risa recorriendo cada rincón de nuestra ciudad antigua y en ese momento me pregunté quién la puede detener, si en una mano tiene el destino de la muerte y en la otra unas flores negras.
Ese día me convertí por primera vez en un soldado valiente y salí tras ella. En la senda de esa tormenta me perdí por un momento, pero ese olor a perfume del Inframundo, llamado muerte, y los pétalos en el suelo me ayudaron a encontrarla. Allí estaba, en la cima de una montaña frente al mar con sus piernas cruzadas, una antorcha en la mano y en la otra el racimo de flores negras. Me acerqué y le pregunté por qué metió nuestro amor entre medio de sus rosas negras. Me miró y sonrió. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me dijo: “A veces ustedes, los humanos, se aferran a querer construir sobre lo que está roto desde el principio. ¿Acaso no te diste cuenta de esa perversa que lleva acariciando labios ajenos de nuestro mundo? El infierno dictó el veredicto que se le otorgó a esa deprimente mujer. Ella acarició tus labios y los embrujó con mi perfume, su noche de pasión tan decadente como Lucero que cayó del cielo. Ella desató sobre ti los demonios que fue arrasando en cada cama que se encontraba en su camino.
Pero, ¿qué harás con ella? Tienes que soltarla y darle una nueva oportunidad”.
Nuevamente, una risa estalló tan fuerte que llevó mi cuerpo al piso. Con mis manos puestas en mis oídos, me revolqué sobre mi vómito. Luego hubo un silencio y detrás de ese espacio se levantó su voz con firmeza y me dijo: “Apártate del camino. No se me dio el poder de la misericordia”. Ese creador, quien nos tiene sometidos bajo sus pies, ha quitado el escudo que tenía sobre ella. Ustedes, los humanos, quieren ser tan sabios como los dioses del Olimpo, que pensaron que nunca podrían ser destruidos hasta que se encontraron de frente conmigo y yo les prendí su fuerza con esta antorcha. Hoy los tengo encadenados y a esa bella y alocada mujer le espera una hermosa tortura con todos los demonios que recogió en su vida”.
Luego, un viento poderoso me lanzó contra un árbol. En ese instante me encontraba inconsciente y diría yo casi muerto, pero un hombre con su capucha blanca y montado en un elegante caballo blanco apareció. Me tomó entre sus brazos y me dijo: “No temas, hoy te limpio y sano tus heridas”.
4) Águilas rojas:
Con dolor avanzamos; cada paso sobre la sangre inocente cargaba el peso de nuestros actos. A tan corta edad, abrazamos un destino incomprensible, atados a la muerte, mientras nuestros hermanos luchaban con valentía bajo aquellos cielos grises. Sus esfuerzos marcaron un despertar en una cuerda rota, dejando un pasado imborrable en la historia de la humanidad, donde la humildad fue injustamente humillada.
Aquellos a quienes llamo con amor y respeto, las águilas rojas, dejaron en cada grito el sueño ferviente de ver su tierra libre y majestuosa. Como liebres cautivadas por el brillo engañoso de la pólvora del cazador, sus sueños se desvanecieron. Hoy, mi corazón llora y sufre una angustia indescriptible, con grietas tan profundas que cualquier poeta podría señalar. Sentados frente a mis ojos, podrían transformar el terror de aquellas penumbras en palabras.
La bruma, que fue su peor enemigo, se convirtió en nuestro aliado en una broma cruelmente distorsionada. Ver cuerpos destrozados por proyectiles sobre la tierra es un recuerdo que persiste. Hoy, al mirar a esa nación bajo el yugo de una dictadura, entregada por mi gobierno, veo por los medios a niños, ancianos y gente buena luchando incansablemente por sobrevivir a estos tiranos, y me derrumbo en la comodidad de mi hogar.
Bendito sea aquel que no levanta la mano contra su hermano, el que se libera de los hilos del titiritero. Bendito aquel que soporta esta pesada cruz sin tener sus sueños interrumpidos en la noche. ¿Quién soy?, me pregunto asfixiado frente al espejo. ¿Encontraré perdón en mi Creador cuando el reloj se detenga y las puertas del tribunal celestial se abran para juzgarme? No lo sé, pero tengo la certeza de contar con un abogado llamado Jesucristo, en quien pongo toda mi confianza, esperando que me libere del infierno que amenaza eternamente, tan eterno como la cruz pesada que cargo en mi ser. Quizá el tiempo, al final, sea mi mejor amigo o el peor enemigo.
5) El ratón:
Camino solo, siempre llevando la desagradable noticia de una sorpresa, y no quiero ser el brindis de estos ratones. A ellos les entrego todo de mí, hasta el último aliento, alimento sus antojos, pero al parecer necesitan anteojos, no ven nada. Todo se les descuadra y optan por acudir a la necedad. ¿Cuánto falta para que esta película se termine? Pues al parecer no tiene fin; todo se repite y se repite, convirtiéndose en una broma absurda.
Los miro y veo cómo apasionadamente desean lo que tengo, quieren todo de mí. No les importa cuánto me costó obtenerlo. Son depravados, insolentes y desgraciados en su propio ego, pero yo soy más que su pobre pensamiento, soy esa piedra intocable ante sus ojos. Yo soy el brillo que ilumina su necedad; les repugna ver cómo aquellos que tienen identidad propia me brindan su amabilidad. Camino solo porque tengo identidad y una felicidad que me brinda el creador de mi vida, ese que ellos repugnan, ese que tiene el juicio de su venenoso destino preparado. Pero, ¿quién puede hacer que estos ciegos entren en razón si su corazón está en completa oscuridad?
Antes de que usted fuera, yo fui primero. Me marcaron el destino; por eso no uso brújula. Mira a ver si en tu mente ridícula estas palabras son registradas. Vamos, niño, esto es fácil: atemos con cadena a la pobre glándula maestra que está en tu cerebro y llevémosla de paseo por el circo que está en tu pensamiento. Hay mil colores y todo se disfraza. Es una fobia tu silueta andante. Yo, sí, yo, el que escribe, la veo como se desprende y te deja solo. No puedes entenderlo, estás como el ratón. Ven, date prisa, aquí está el queso que te gusta, el queso que te hará un superhéroe patético pero importante para los de tu especie que te aplauden. Que levanten las manos esos deprimidos que jueguen con el impostor. Ratón, es hora de ver la luz; vamos a eclipsarlo, llevémoslo al pozo de su locura en su propia laguna cerebral.
6) Código negro:
De la primera a la segunda, encontré el estreno de estrellar tu cerebro usando el código negro. Crucé los cables con sabiduría y descubrí la pena que arrastrabas en tus lágrimas. Amas lo que no posees, pero jamás se te dará, porque ese ha sido tu gran juez. Esto es mucho más que un simple juego de ajedrez; tú creíste ser un rey fuerte y valiente, pero yo, sentado en mi trono, observé lo débil que realmente eras.
Decidí entonces llevarte a mi tablero y convertirte en un simple peón, una pieza vulnerable y sin poder. Puse delante de ti una jugada visible, una trampa cuidadosamente planificada, que se convirtió en una estrategia infalible. Te desmantelé, pieza por pieza, y avancé con mi bastón de justicia. Cada movimiento fue una derrota, cada paso, una caída que se convirtió en una melodía crónica; luego posaron como bailarinas exóticas en las trece lunas rojas para llevarse el gran premio. En musa musulmana de mi lápiz salieron rosas con olores fragantes, pero también vagabundos que emergían del inframundo y se convirtieron en mi universo. Fue entonces cuando escribí Inverso.
Decidí destrozarte el talón de Aquiles, esa vulnerabilidad que te hacía humano, y surgió una risa —una risa de satisfacción— al ver tu mirada adolorida, que se tornaba cada vez más oscura, tan oscura como tu corazón lleno de secretos y sombras. Me dije a mí mismo: a este pobre necio lo llamaré Código Negro. Y con esa misma intensidad me moví con agilidad en mi tablero. Esta vez te planté un golpe fatal en la nuca, un bastonazo que hizo que tu cara, llena de confusión y dolor, besara el tablero que cuidadosamente preparé para ti. La escena no era más que un espectáculo de poder y control; en ese instante explotó una risa —una risa que resonaba en cada rincón de mi ser—, más fuerte, más poderosa, como la voz de un vencedor absoluto.
Repetí mi juego con la señora Calma y su amiga Justicia, preparando mi próxima jugada. Agarré el próximo código, más negro que el anterior, sosteniéndolo con firmeza entre mis manos. Al verlo, me detuve por un momento, observando tu esfuerzo desesperado por sacar fuerzas de donde no las había. Lanzaste una jugada pobre, vieja como tus vestimentas, vieja como tu semblante, vieja como tus malas mañas. Esa jugada, igual que tú, quedó en el pasado: inútil y derrotada.
Le pregunté al ciego y depravado, insolente y diabólico árbol que te da sombra si esa pertenencia era tuya. En su estupidez neuronal pensó: “Mi jugador es tan inteligente que tú no te darías cuenta de su astucia, de su jugada pobre”. Entonces me dije: “Este pobre perro devastado, ciego de nacimiento, se cree que no descifro su patética risa”. Antes de hablar y caer en su jugada coja, le devolví la sonrisa con mayor sarcasmo y una expresión visible que decía claramente: “Te voy a aplastar como el código negro que eres”. En ese momento me giré y me alejé de la presencia del moribundo.
Los enemigos que me persiguen son antiguos; siempre aparecen, siempre vuelven para intentar destruirme, pero yo los he vencido en innumerables ocasiones. Surgen como la capacidad de un masoquista desesperado, que solo sabe volver una y otra vez al mismo juego, incapaz de aprender, condenado a repetir sus fracasos. Yo, que poseo la experiencia y la astucia, los he derrotado repetidas veces, dejando sus rostros llenos de derrota y sus corazones colmados de rabia frustrada.
A veces, al analizar sus movimientos, escribo relatos para entender su dominio, su desesperación, sus miserias. Le escribí uno a su amigo, el tonto: un relato lleno de ironía y desprecio, una lección amarga. Ambos tuvieron un final trágico, una caída inevitable, un destino macabro.
Ahora, en medio de toda esa guerra mental de estos pobres ciegos, decidimos amarrarte tan fuerte que no pudieras escapar. Te envolvimos en cadenas y te arrojamos a un silencio absoluto que te dejó sin palabras, sin fuerzas para luchar. Te enfriamos y te coloqué en la fila de los olvidados, donde solo quedan aquellos que no supieron resistir, los que se rindieron ante la realidad dura y fría de la vida del Código Negro.
7) No me hables de código:
Te miraste en el espejo y tus ojos se llenaron de terror al ver en qué te habías convertido. Te volviste loco frente a ese reflejo que se burlaba y se reía de ti, pero al final comprendiste que ese eras tú, el futuro en carne y hueso, y gritaste: “No puede ser, soy una maldita liebre sarnosa”. Te grité desde atrás: “Ya no hay marcha atrás”. Y como quien abre el cielo y deja caer una estrella sobre el firmamento, así explotó el cristal frente a tus ojos. En ese momento, mientras te cubrías los ojos del pánico, ella entró a recoger lo que era suyo.
Ese día era lluvioso. Cuando sacaste a pasear a tu mejor amigo y llevándolo a un callejón le disparaste por la espalda; luego te apoderaste de su dinero, de su mujer y de todo lo que le pertenecía. En otras palabras: eres un cerdo, una rata, una mierda que nunca debió existir en este mundo. Pero sorpresa: la calma y la justicia —esas que no ves porque eres un glotón apestoso— fueron tras de ti. Te observaron como quien observa en un laboratorio, con su telescopio, a un insecto; y entre ellas enlazaron palabras que solamente yo pude escuchar: “Es una especie rara, tiene diferentes mutaciones; pongámosle el nombre único que falta en el palacio de nuestro rey, que el diablo arrebató el día que fue lanzado a este mundo: se llama envidia”.
En ese momento hubo comunicación entre la tierra y el universo y ambas gritaron con una gran voz: “¡Hemos encontrado a Envidia!”. El de arriba envió una orden para que te disfrazaran y te pusieran un nombre único: pónganle el sobrenombre Código Negro. Los días pasaron, los años pasaron y tu maldad crecía más y más. Hoy tienes tantos años y pensaste que habías coronado, que todo lo que tienes en la vida —por supuesto, estúpido, a causa de otros— iba a ser eterno. Mírate cómo los demonios te atormentan; ni siquiera una mala enfermedad tocó la puerta de tu ser. ¿Sabes por qué, pedazo tonto? Siéntate, te voy a dar un ejemplo: si el cáncer entrara en tu cuerpo, el cáncer moriría antes que tú y dejaría de existir en el mundo.
¡Sapo! Me arrepiento de decirte esas palabras; ha sido un esfuerzo en vano, un minuto perdido de mi sabiduría. Tal vez se las repita a un humano, pero tú no lo eres: eres lo más bajo que puede haber. Por debajo, eres pura envidia. Tú eres Código Negro: veneno para ti mismo. “Malo” se queda corto a tu lado; eres terror. Ni mi Dios haría el mínimo esfuerzo para salvarte. Eres de esa especie, sí, de esa hierba seca que fue escogida desde antes de que se fundara mi mundo bello para el día de la calamidad. Eres Envidia — Código Negro.
8) Tiempos:
Me levanté fuerte en medio del río revuelto y observé a esos lápices flojos chapoteando en el remolino. Los miré y me pregunté: ¿no que eran tan bravos? Los pobres se ven raros en esa boca negra a punto de tragarlos y entregarlos al dragón que está durmiendo en el fondo del mar. Serán la cena ideal por la mañana, quién sabe si por la tarde, o quizás cuando la luna se ponga roja, las estrellas desaparezcan y la tierra arda en llamas.
Ese día, las ratas correrán a buscar una cueva fortificada, pero sorpresa, ahí estaré yo, sí, yo, el que escribe, para sacarlas de ese agujero y luego colocarlas sobre una vara caliente, tan caliente como un volcán cuando explota. Esa será mi cena, y llamaré a ese plato exótico. Los tiempos han cambiado; el rubio que va montado en el águila cambiará el juego en el tablero de ajedrez llamado vida. Habrá muchos animales que hablarán en la penumbra que cubre sus neuronas, y las mentiras serán los fuegos artificiales que adornarán los medios comunicativos, pero no por mucho tiempo, pues así como respiran tan rápido, dejarán su cuerpo sobre los escombros.
En esa noche llena de terror que cubrirá la tierra con su manto negro, la muerte nunca imaginó un apocalipsis luego de aquel espantoso día de Noé. Voy a escupir un par de letras; esto se trata de quitar caretas. Anoche me llamaron de la Gran Manzana; me dijeron que la cosa se estaba poniendo fea.
Esto es para que vean los ciegos, que los que van conmigo sí pelean. Contra viento y marea, nosotros nos desatamos; estamos siempre firmes para lo que sea. Dios, gracias por preparar mis manos para la guerra y por darles una destreza inigualable a mis dedos para la batalla. En ti está mi verdadero refugio; tú eres mi castillo, mi escudo, mi flecha, el diente que hace temblar toda la tierra. Gracias por ser mi aliado en el campo de batalla.
9) Entre el fuego:
Caminé entre medio del fuego, despacio y con calma. Conocí a algunos supuestos amigos que terminaron dándole la mejilla a Judas. Siempre anduve firme, aun sabiendo que mi nombre arrastraban por las cenizas. El que siempre cuidó mi camino y lo sigue cuidando me puso sus sandalias para que no me quemara. Sí, sé que soy un pecador, como lo fueron mis hermanos del pasado. Aún recuerdo, bajo esta tranquilidad que me regala la naturaleza divina.
Fue una vida acelerada, cargada de adrenalina, donde constantemente el ego jugaba a ser el rey fuerte de su trono invisible, pero visible para aquellos que me rodeaban, los cuales se alimentaban de mi dulce amabilidad. Pero también se alimentaron del terror. Siempre me gustó jugar al tonto, al que no se da cuenta de nada, aun sabiendo de antemano que sus miradas y sus risas patéticas traían una traición. Así que, mientras ellos planeaban, yo les dictaba su camino, con un ánimo tan decadente como una rosa en invierno, que no puede mostrar su belleza.
Fue la balanza la que pesó sus astucias mediocres. Hoy, en 2025, miro hacia ese recuerdo y me zambullo hasta bajar al fondo de él. Luego, los busco y no los encuentro. Después, me veo fuera de mi cuerpo, mientras expulso esta letra detrás de un micrófono, y me digo: “Qué bien has jugado la carta. Fuiste todo un mago con tus palabras. Los dardos siempre fueron a tu favor. Cuántos disfraces tuviste que usar para poder sobrevivir en medio de tanta envidia”. La fantasía de estos pobres malvados se convirtió en una eterna melancolía.
¿Qué pasaría al olvido, como una poesía que nunca debió existir? Ahora me pregunto si existiría la posibilidad de enfrentar a otro rey ciego y tuerto en el tablero. Pues, sí, estos desgraciados existen, como la niebla en la mañana. Pero no me preocupo, porque sé que ya tienen su rumbo y que se llevarán su merecido cuando el sol salga y apague su envidia.
10) Dame una respuesta:
Entre el bosquejo y el laberinto nace este crucigrama, usado como metáfora sobre una ola del mar que arrastra todo a su paso y lo sepulta en lo desconocido de su reino. El dolor, siempre presente, está al frente, golpeándose en el pecho; parece infinito. Sobre él hay cientos de preguntas que se mezclan en diferentes colores; todo aparenta ser inexplicable. Pero al sentarte, bajo la fatiga que agota las neuronas, siempre aparece una explicación volcánica, mecánica, que conecta lo desconocido con lo conocido: aquello que has vivido a lo largo de la vida.
Comprender al humano que atraviesa tu camino a veces se vuelve complicado, aunque su razonamiento sea amplio. Al final queda una cuerda corta y casi rota que no aguanta el peso del agravio que esa persona ejecuta sobre ti sin razón. Supongamos que el individuo usó un lazo verídico por una falta tuya y, con mayor destreza, decide enterrarte: juega una carta sucia contra personas mentalmente débiles porque no tienen la fuerza para entender que todo tiene causa y efecto, un antes y un después. Solo beben la copa que se les sirve sin profundizar en el porqué.
En este caso, tú decidiste tomar una decisión o lanzar un comentario simple pero potente para revolcar el avispero. Entonces, ¿vale la pena callar y dejar que el mundo se te venga encima, o decir lo que piensas, siempre y cuando tus palabras tengan validez y firmeza? Yo —el que escribe— decido, como dueño y señor de mi propio juicio, pasarles por encima, aplastar sus argumentos con finura y elegancia. A toda la mierda que estas personas arrastran en su vida —sus fanfarronerías— son culpables de tantas cosas: han destrozado familias con trampas macabras que ponen en el camino del que se muestra débil. Estos tramposos han llevado a personas a perder el trabajo o incluso al suicidio. A esos seres del más allá yo los pongo bajo la vigilancia del código negro.
11) Mis zapatos:
Los busco y no los encuentro. Tal vez, si rebusco en el olvido, pueda tener la suerte de verlos colgados. Ellos jugaron con la suerte, ignorando que el tiempo es arena, que el viento sopla y que el silencio es su mejor aliado. Hay dos o tres desafinados que se empeñaron en robar mis zapatos: de carro a carro, en una luz roja se paralizaron cuando las ventanillas se bajaron, siempre jugando tan limpio a pesar de que el terreno esté lleno de fango. Es inexplicable el crossover que les hago a estos ciegos. ¿Qué va a hacer, amigo mío, si el sol sale para todos? Qué lástima que tú y yo no seamos iguales.
Doy gracias a Dios porque soy uno solo, doy gracias a Dios por la cruz que tengo que cargar; y solo yo, el que escribe, decido: ¿pagarles la luz o dejárselas prendidas? No te olvides, niño tonto: a veces siento placer dejando que desfilen tus malas crianzas, esos pensamientos tan pobres que te acompañan en tu alcoba. Mañana —sí, mañana será un nuevo día— y como un mago tendré mis zapatos puestos.
Hoy recuerdo mis andanzas y pienso en ustedes y me río por saber que no están a mi lado, pero sí bajo mis pies; por eso se aferran a mis zapatos. Lo entiendo como quien entiende la supervivencia: quieren liberarse de su infierno, pero no fue culpa mía; fueron ustedes mismos los que se empeñaron en meterse bajo mis zapatos. Ladrones, usurpadores, glotones, envidiosos, perversos: desean sin pagar el sacrificio de los demás. Hablan y conspiran en su propio cementerio, calumniando bajo su cielo rojo, ignorando que la tormenta ya les dictó su destino. Aun así, siguen ahí, bajo mis zapatos.
Hoy, en esta mañana tan hermosa y brillante, decido volver a mirar bajo mis zapatos. Les saco la lengua y vuelvo a reír; pero esta vez hago algo mucho más cómico que en escritos anteriores. Adivinen qué: me siento, me fumo un cigarrillo, me quito el zapato y les tiro el humo en la cara, y les grito: ustedes son código negro.
12) Creciendo en su gracia:
Hoy me siento libre para arrebatar lo que me pertenece, mientras observo reinos y príncipes que van camino al trono del hombre aquí en la tierra. En mi fuerza interna se aferran las garras de la esperanza de liberar a un pueblo que vive en la miseria. Para muchos, es imposible, porque ignoran la fuerza inquebrantable de la flecha del arquero, ese guerrero imparable que va en su caballo blanco, marcando mi camino con su sabiduría y forjando con fuego ardiente mi destino.
He bebido tu palabra como el vino fino; en ella me he embriagado y he comprendido que todo es vanidad. Construir sobre los ojos del hombre es la peor necedad de un mortal en este mundo. He mirado con precaución al sol y he visto cómo mi propia vida se apaga frente a su resplandor. ¿Quién soy si ignoro lo divino? Soy la hoja que el viento arrebató y arrojó a la nada. La furia que enloquece y devora todo lo que tiene enfrente. Soy ese gorila que golpea su pecho en medio de la selva, al ver que destruyen su hogar y devoran a su familia. Y, en su inconsciente, lleva la culpa de una guerra insaciable.
Entonces, me pregunto: ¿quién soy en realidad? ¿Soy la gracia divina que camina sobre la tierra? ¿Quién planta la semilla en terrenos inciertos que parecen cementerios, bajo los ojos de un universo que dista de un juicio en su tiempo?
13) Bajo la tormenta:
Frente a la ventana, mis ojos se pierden en la inmensidad de las montañas distantes, su perfil ahumado mezclándose con el cielo. Un bostezo escapa de mis labios, perezoso y sin prisa, escultor del silencio matutino. De pronto, mi mirada vaga se detiene, cautiva por el majestuoso águila que se posa en el edificio vecino. Ambos nos observamos, y en ese instante fugaz se desvela una conexión inexplicable, una corriente viva que recorre mi espina, provocando un escalofrío. Un suspiro profundo llena mis pulmones; el aliento se libera despacio, llevándose el peso del asombro.
Miro al cielo, gris y melancólico, mientras una bandada de aves traza su atrevida ruta hacia lo desconocido, o quizás hacia rincones ya explorados. La gratitud inunda mi ser por el regalo de un nuevo día, por la oportunidad de contemplar las maravillas del mundo. Mis ojos bajan al suelo, donde las hojas caídas parecen bailar una carrera frenética, impulsadas por el aliento travieso del viento. Para el entendido, este juego es una canción, una serenata para el espíritu. Ambas experiencias, la visual y la sonora, se perfilan como regalos que subrayan la belleza del ahora.
Hoy siento que el día se abre ante mí con promesas. Me planteo escribir poesía, aunque no sé si en forma de un andarín soneto o de una metafórica escapada que abrace el subconsciente de alguien que no se conforma con lo común. Tal vez opte por algo más terrenal, como seguir desde el sillón la Fórmula Uno. Este año ha sido un reto para Max Verstappen, pero confío en que superará su tormenta y logrará la victoria.
El estudio me llama, el micrófono ansía mi voz y el fuego creativo implora por expresión. Sin meditarlo demasiado, me sumerjo en el proceso, hojeando proyectos inacabados que aún esperan su momento. Estoy en paz con esto, sabiendo que cada idea florecerá a su tiempo. De este silencio brota “Código Negro”, un concepto no del todo definido, pero prometedor.
Todo está listo, y comienzo: “Te dije que mi jardín es mágico, un encantador del corazón puro, un espacio donde la verdad aún es desconocida. Pero mis palabras fueron percibidas como aire, pues solo te importa cómo enfrentarás el mañana. Qué incertidumbre para ese pobre cómico que se acerca a tu ventana con halagos, tan atolondrado como un joven insolente. Hoy has pisado la rosa, ignorando la sabiduría de la espina, cuyo veneno, al infiltrarse, dejó una amarga lección. Esa instantánea creó un legado tormentoso que te encadenó al lago de estas letras, sepultándote en ‘Código Negro’.
14) Hermano Guerrero: