Ojalá que cuando beses a ese cuervo, sus besos causen en ti un destierro y puedas sentir los fantasmas de las caricias que dejé en tus sábanas. Que, cuando te levantes de la cama, mis gemidos en tu oído apaguen el fuego de ese impostor y que las flores que acaban de nacer mueran bajo la furia de mis recuerdos. Yo siempre seré auténtico, con el látigo que despedazaba en fragmentos los latidos de tu cómico corazón. Yo siempre seré mágico, el mago que transformaba tus pasiones en una locura tan única en tu recámara.

Aunque asiáticos fueron tus besos, no pudieron llevarme a ver el sol a las puertas del dragón. Más allá de la imaginación que nos ofrece este mundo, nace una unión entre Sagitario y Acuario. Tú y yo vivimos enlazados por el tiempo que nos ofrece este universo. Grito de alegría en votaciones a nuestro luto, y en ocasiones bebo vino hasta entregarle mis sentidos al embriague que dejó tu amor. Yo, sí, yo, el que escribe, arrastré una tormenta de arena a la cabra enferma que llevas en tu cabeza. He comprendido que manzana siempre serás y, como la araña, has tenido el privilegio de tener éxito en el mito de tu cacería. Lo admito, fui adicto y preso, puesto como trofeo en el museo de tus orgasmos. Hoy mi espalda carga la cruda cicatriz de tus arañazos, y esas siempre dejan una pregunta en mi alcoba para aquellas que se desplazan como atletas en mi cama.