LA GRANJA DE VIOLETA 


 

CAPÍTULO 1

Una tarde de otoño en la ciudad de Idaho, el viento soplaba suavemente entre los árboles, creando una melodía crónica que acompañaba el crujir de las hojas doradas bajo los pies. Estas hojas, derrotadas por el paso del tiempo, formaban un precioso tapiz sobre la tierra que rodeaba la antigua casa de los Morales. Julián se encontraba de pie en el balcón de madera, con la mirada fija en sus nietos que jugaban alborotados en el jardín.

—¡Hey, chicos, tengan cuidado! Ya saben que el hospital está lejos. Max, ve a comerte la comida —les advirtió con un tono cariñoso pero firme, mientras miraba a Max, el viejo perro pastor, que corría tras los niños con una energía que desmentía sus años.

—Abuelo, tráeme un poco de agua —pidió Jeremy, sin apartar la vista de su intento de pasar el balón.

—Sí, abuelo, a mí me trae jugo —añadió Yuliana, dando una patada al balón para que Max corriera tras él.

Don Julián esbozó una sonrisa nostálgica, recordando cómo un pedido similar habría sido impensable en su época. “En mis tiempos, si le decía eso a mi padre, seguro que el zapato me encontraba antes de que acabara la frase. Ay, en paz descanse, papá”, pensó, dejándose llevar por la memoria de su severo pero querido progenitor. Sin embargo, aceptó que los tiempos habían cambiado y que ahora la crianza era distinta.

Al entrar en la casa, se topó con su hija Violeta, quien estaba absorta mirando por la ventana, siguiendo cada movimiento de sus hijos.

—No te preocupes, cariño. Max está con ellos. Ha cuidado de nosotros toda su vida, y de las pocas ovejas que quedan en la granja también. Es un guardián fiel —la tranquilizó Julián, intentando apaciguar la evidente preocupación en el rostro de Violeta.

—No es eso, papi. Estoy más preocupada por el comportamiento de Jeremy —confesó Violeta, desviando la mirada al piso de madera que crujía bajo sus pies—. La maestra me ha llamado, diciendo que durante el recreo empuja a otros niños y les jala el cabello para quitarles el balón. No sé de dónde ha sacado esa conducta —expresó con frustración.

Julián, tratando de hacer una broma para distender el ambiente, murmuró: —Seguramente de su padre—, mientras se dirigía a la cocina para preparar los encargos de los nietos.

—Por favor, no empieces, papá. Es por esto por lo que ya casi ni vengo a visitarte —replicó Violeta, mientras su madre, Carmen, se unía a la conversación desde el mueble que estaba en una esquina de la sala.

—No le hagas caso, mi amor. Tu padre aún no supera aquella mala etapa que pasaste —añadió Carmen, apoyando a su hija. A pesar de las tensiones, había un entendimiento tácito entre ellas sobre lo complicado que era tratar estos temas con Julián.

—Y supongo que Jeremy verá a un psicólogo —sugirió el anciano, tratando de abordar la preocupación de su hija con una solución práctica.