LA GRANJA DE VIOLETA
CAPÍTULO 2
—Aún no he decidido nada. Tendré que hablarlo bien con su padre —respondió Violeta, esquivando el asunto como si fuera un fuego que ardía demasiado cerca.
—Deberías apresurarte. Si no lo haces pronto, podría convertirse en un problema mayor. Y eso sería una desgracia para esta familia —comentó Julián, antes de salir nuevamente al jardín, con las palabras cargadas de una mezcla de amargura y preocupación.
Violeta observó cómo su padre se alejaba, reflexionando sobre su propia vida y las decisiones que había tomado. Siempre que iba de visita, los encuentros terminaban llenos de tensiones no resueltas, especialmente en torno al tema del abuso que sufría a manos de su esposo. A pesar de su propio dolor, reconocía la ironía de la situación al recordar los días de infancia cuando su madre sufría lo mismo de parte de Julián.
Violeta esquivaba estos asuntos con una habilidad casi instintiva, sabiendo que mencionar el abuso haría más daño que bien. Sin embargo, cada visita a casa la sumía en un remolino de recuerdos amargos y preguntas sin respuesta.
Entretanto, Julián intentó repartir el agua y el jugo a sus nietos.
—Jeremy, toma el agua. Y para ti, Yuliana, el jugo de parchita, como tanto te gusta.
—¡No lo quiero, abuelo! Quería de manzana. —Ya no me gusta el jugo de parchita, ¿no te acuerdas? —replicó Yuliana, mientras pasaba el balón entre las patas de Max, esperando que su hermano lo recibiera.
No fue la mejor de las jugadas, pues Jeremy, con toda la fuerza de su corta edad, pateó el balón directo hacia su abuelo. El impacto fue preciso pero desafortunado, golpeando a Julián en la cara con una contundencia inesperada. Todo sucedió en un segundo: la expresión de sorpresa, el tambaleo y, finalmente, la caída al suelo.
Los niños quedaron petrificados y luego rompieron en chillidos desesperados. Carmen y Violeta salieron disparadas hacia el balcón al oír el estruendo y los gritos. Ver a Julián tendido en el piso, con su rostro cubierto en sangre, provocó en ambas un terror que las empujó a actuar sin titubeos. Horas después, don Julián, acostado en una camilla hospitalaria, contemplaba el techo blanco del cuarto, reflexionando sobre las veces que había sentido que la vida le jugaba una mala pasada.
Para Violeta, aquella semana había sido un mar agitado que amenazaba con hundirla. Apenas recuperada del susto de ver a su padre herido, recibió una llamada telefónica que le comunicaba que su esposo había sido apuñalado en la prisión, una consecuencia más de aquella vida tumultuosa de la que estaba tratando de alejarse. Por si fuera poco, ese mismo día, al regresar del hospital, su madre Carmen había sufrido una caída en el último escalón del balcón, resultando en una fractura de cadera que requeriría atención y cuidado constante.
Violeta sentía cómo todos sus planes se desmoronaban. Había planeado pasar una semana tranquila con sus padres y luego llevar a Yuliana a Disney World, cumpliendo así un deseo de su hija. Pero ahora, todo lo que había anhelado era un recuerdo lejano, arrasado por el caos que se desplegaba sin misericordia ante ella. No sabía cómo gestionar tanta desesperación y tantas emociones encontradas.