SOY EL VERSO
Fueron tantos los que hablaron que los cuadros se cayeron y sus casas se prendieron en fuego. Las calles olieron a ceniza y a nombres que se fueron, a testigos mudos que aprendieron a callar con el humo. Ajeno al sentir común, lo que llevo por dentro tiembla como un templo hecho de recuerdos, de piedras que no se rompen. Lo mantengo, lo sostengo con cadenas en las manos, con hierro que aprieta, con una paciencia que pule el alma.
No es dogma ni venganza; es pulso, es oficio, una fe forjada entre grietas, entre noches sin luna. La sangre siempre estuvo presente. Me vigilan los espejos del bar: este vaso de cristal en mis manos tiene sentido común; el whisky entiende más que estas serpientes. Atento al juego —payaso de máscaras vivientes—, me bautizaron: el mago rojo.
Muevo la ficha sin mover los ojos. Cuento las manos de estos jugadores flojos, leo las sombras que hablan en silencio, escucho las risas de cartón y estudio con calma las miradas turbias. Mi truco no es desaparecer frente a estos pobres decelebrados; es transformar lo perdido, sacar luz de bolsillos donde otros guardaron miedo. Calculador de nacimiento, traje el chip de un nuevo universo: una pieza vieja reprogramada para no obedecer la envidia.
Estos depravados riegan amargura; su cosecha es seca, estéril y, para colmo, está podrida. Mis semillas brotan en terreno árido: raíces que cruzan muros, brotes que desafían la noche con hojas de palabra bendecidas, tan cortantes como la espada del rey en el campo de batalla. Camino por la vida arrancando lo prohibido —no por deseo fácil—, sino por la curiosidad de quien aprende que lo vedado enseña. Mientras los minutos corren, yo siembro lo divino: versos como semillas, actos como agua, silencios como abono.
No busco títulos ni pedestales luminosos, sino un mapa donde el error sea puente y no sentencia. He visto fachadas caer, he recogido nombres rotos y los he convertido en latidos, en mapas que devuelven rumbo. No soy salvador ni verdugo; soy quien cuenta la historia desde la orilla, desde el borde donde la ciudad respira y sangra. Mis manos llevan cadenas y llaves: cierro heridas, abro puertas. A veces la llave pesa; otras, es pluma que escribe el futuro, la sentencia de los moribundos.
Que hablen los que hablan: sus voces son humo pasajero, polvo del desierto que desaparece en la bruma de la noche. Yo trabajo en un templo que no necesita aplausos, solo constancia, fe y esperanza. Miro las noches largas y luego las manos callosas de los ancianos y me digo: bendita vanidad, tú que naufragas sin timón en el alta mar y llevas a los seres humanos hacia un destino desconocido.
En aquellas casas, el fuego que vi no me quemó entero: dejó brasas, lecciones, recuerdo. Con esas brasas encendí fogatas pequeñas para los que vienen, para los que preguntan sin gritar, para los que aún creen en ese ser divino que habita en su yo interior. Así avanzo, con pisada firme y con un sobrenombre en la espalda: el mago rojo. Voy mirando el paisaje de ceniza, sin prisa, pero moviendo los ojos con urgencia, porque la vida no espera por decretos.
Desarmo trampas, libero presos, recojo fragmentos de luz en cada uno de ellos y los compongo. Con cada verso devuelto, construyo otro aposento en el templo. Al final del día —siempre lo hay— me detengo, cuento mis piezas, y sé que mientras una ficha quede en juego, la historia continúa. Soy el mago, el mago rojo que ilumina tus ojos; la silueta viviente que se desplaza por hermosos prados; la ceniza de los muertos que el viento dispersó; el rocío que rozó la mejilla del inocente en la cera de su prisión. Soy pasión que exprime el verso hasta arrancarle el aroma de lo prohibido que habita en la cima de la cumbre humana.
Añadir comentario
Comentarios