THE RAKER
Crecí en un entorno donde las drogas y los disparos eran el plato del día. El sol brillante iluminaba un paisaje marcado por la violencia, donde los muertos rondaban cada esquina. Aquella era la realidad que enfrentaba cada mañana en mi camino hacia la escuela; un monstruo que cargaba en mi mochila y que regresaba conmigo a casa, donde la idea de salir a jugar con mis amigos era un lujo que rara vez me permitía. Sin embargo, en medio de esa incertidumbre, encontré un refugio en el motocross.
Desde el primer momento en que escuché el rugido de una moto, supe que había algo más allá de las dificultades cotidianas. Cuando le supliqué a mi padre que me comprara mi primera moto, no imaginaba que ese sueño se convertiría en una chispa que encendería mi pasión y me llevaría a desafiar las circunstancias. Mi padre se convirtió en mi primer instructor, enseñándome todo lo básico que necesitaba en ese momento de aprendizaje. Una vez me dijo, mientras me ajustaba el casco: “Recuerda estas palabras, Melody: la perseverancia y el esfuerzo que pongas en la vida, sea en este deporte o en cualquiera, pueden abrirte el camino hacia un futuro mejor… Pero solo está en ti. Para ser el mejor en la vida, debes darlo todo como si mañana fuera el último día en que vieras salir el sol y quisieras dejar una huella para la próxima generación. Debes entrenar con la misma intensidad de un campeón”.
A los 16 años, ya había recorrido varias pistas en todo Estados Unidos, desde los desiertos de Nevada hasta los bosques de Oregón. Cada salto y cada carrera me llenaban de adrenalina, una mezcla de miedo y emoción que solo el motocross podía ofrecerme. Pero el verdadero impulso que me motivaba provenía de las palabras de mi padre, quien siempre soñó con verme triunfar. Ese era mi motor: el poder devolverle el esfuerzo en este mundo de motocross tan difícil y llegar a ser campeón del mundo.
Con la esperanza brillando en mis ojos, a los 18 años recibí la noticia que tanto anhelaba: me habían elegido para competir a nivel profesional. El día en que firmé mi contrato, mi padre, con lágrimas de orgullo en los ojos, me abrazó y susurró: “Lo has hecho, hijo. Estoy seguro de que tu madre y tu hermana, desde donde estén, están sonriendo”.
La nostalgia me golpeó, recordando sus pérdidas; aquel día negro donde el destino se rio y nos aplastó como familia. Aquel pobre conductor que salió como un loco de su casa, embriagado, fue el culpable; fue el timón que usó el diablo y les arrebató la vida mientras ellas esperaban bajo el semáforo rojo a una cuadra de mi casa. Aquel chillido de neumáticos todavía resuena en mi corazón, pero ese día prometí que cada salto que diera llevaría consigo sus nombres.
Sin embargo, no todo en la vida de un corredor es sencillo. En el circuito, las sombras también acechaban. La temida Sandra, una mujer de negocios astuta y manipuladora, emergió como una figura escalofriante. Conocida en el ambiente como “La Reina del Motocross”, su influencia era innegable. Utilizaba tácticas sucias para asegurar que sus corredores obtuvieran la victoria, mientras otros como yo luchaban por salir a flote.
Una tarde, saliendo de unas prácticas, me la encontré de frente y me paró en seco. Su mirada fría y muerta me llevó a su mundo por un momento mientras decía.
―Escucha, tienes talento, pero en esta industria no solo se trata de ser el más rápido. Te aconsejo que te alinees con los que realmente controlan el juego. O simplemente podrías quedar atrás.
No dije nada; sus palabras me dejaron sin aliento, haciendo de mí el chico más tonto del motocross. Pero muy dentro de mí me negué a ceder. Era mi sueño, y nadie, absolutamente nadie, se iba a poner en medio. Además, sabía que no quería ser parte de su mundo oscuro, y cada carrera se convirtió en una batalla no solo contra otros competidores, sino contra su omnipresencia. Pero mientras ascendía, la tensión crecía. Las amenazas empezaron a deslizarse como veneno en el aire. Las motos no eran lo único que corría peligro; mi vida personal se convirtió en un campo de guerra en el asfalto.
Un día, dos hombres de Sandra aparecieron frente a mí mientras ajustaba la moto en el taller.
―Sandra quiere que hables con ella ―dijo uno; su tono era inconfundible. La implicación era clara.
―No tengo nada que discutir con ella ―respondí, apretando la cadena con la llave mecánica. Sabía que esos hombres estaban allí no solo para hablar, sino para intimidar.
―Te convendría pensarlo bien ―replicó el otro, sonriendo con desprecio.
―Dile a Sandra que no soy de su propiedad, a ver, mejor dile que no soy uno de sus monigotes; creo que eso le aclarará su cerebro ―respondí firme mientras mi corazón latía con fuerza en mi pecho.
―Bueno, chico, pues el juego empieza, y quiero que sepas que siempre ganamos ―cerró con una risa diabólica.
El tiempo pasó y competí, acumulando victorias, cada vez más distantes de sus amenazas. Pero sabía que el peligro aún acechaba; Sandra no se daría por vencida fácilmente. En cada competencia sentía su mirada pesada, como si estuviera midiendo cada movimiento.
Fue en California, en la casa donde me vio crecer, en el Glen Helen Raceway, donde Sandra explotó con toda su furia. Me encontraba en quinta posición, y detrás de mí venía Harold Luciano, tan rápido como yo. Al tomar una curva, lanzó su moto como si fuera un maldito lunático. Salí expulsado del asfalto, con una costilla rota y el hombro derecho dislocado. En ese momento, pensé que todo se había acabado y que mis sueños por alcanzar el campeonato se habían esfumado. Pero gracias a Dios, mi recuperación fue rápida; hasta los doctores se quedaron sorprendidos, no podían creer lo sucedido. Y así fue como volví con más fuerzas que antes.
Finalmente, un día, me encontré cara a cara con ella en el paddock de una gran carrera. Su mirada destilaba veneno; sin embargo, mantenía una sonrisa ensayada.
―¿Disfrutando de la fama, campeón? Parece que has olvidado con quién te has metido. ¿O acaso olvidas lo que te pasó en Glen Helen Raceway? ―rio a carcajada―. Creo que esta vez no tendrás una costilla rota, sino las dos.
―Lo único que he olvidado es tu nombre ―respondí, ardiente―. El motocross es mi vida, y nadie me lo va a arrebatar.
―Lo bueno de don nadie es que es insignificante ante mí. Yo soy la diosa del juego, y quien no se acopla, pierde.
La tensión en el aire era palpable. Sabía que iba a pelear no solo por la victoria, sino por mi vida y mi espíritu. Cada carrera se convirtió en una lucha por encontrar mi camino, una búsqueda de ganarme un nombre que fuera intocable en la memoria del fanático. Además, estaba en juego la memoria de mi madre y hermana y, sobre todas las cosas, la valiosa dignidad de mi padre, que siempre creyó en mí. No iban a ser aplastadas por Sandra.
El día de la gran carrera llegó, un evento que significaba mucho más que un trofeo. La pista estaba llena de espectadores; sus vítores retumbaban en mis oídos mientras me preparaba para salir a la parrilla. Sentí la vibración familiar de la moto bajo mí, el motor rugiendo con fuerza como mi corazón. Con un giro del puño, ajusté mi guante, recordando las palabras de mi padre: “Pero solo está en ti. Para ser el mejor en la vida, debes darlo todo como si mañana fuera el último día en que vieras salir el sol”.
El rugido ensordecedor de los motores reverberaba en el ambiente mientras alineábamos nuestras motos en la parrilla. Cuando el partidor finalmente cayó, aceleré con fuerza, sabiendo que la salida era crucial. En ese momento, tuve una buena escapatoria, tomando la delantera en las primeras curvas. Pero sabía que Sandra no dejaría que me fuera sin hacer esfuerzos por detenerme. Al principio, todo parecía ir bien; pasé a mis competidores, pero a medida que avanzábamos, la tensión se palpaba y su sombra se cernía.
Fue en la tercera vuelta cuando sentí el impacto. Un golpe fuerte me sacudió al ver a uno de los corredores que, claramente bajo la influencia de Sandra, intentó sacarme de la pista. Mi moto se tambaleó, pero logré una vez más recuperar el control. Recordé el accidente en Glen Helen Raceway y un escalofrío corrió por mi cuerpo. “¡No puedo dejar que gane!”, grité para mí mismo. La adrenalina comenzó a recorrer mi cuerpo; el impulso de ella fluyendo en mis venas se sentía bien, me sentía imparable.
Mientras el arco del circuito se cernía ante mí, vi a Sandra en la línea de meta, con una expresión entre la rabia y la satisfacción en su rostro. Era la prueba de que su estrategia estaba funcionando, pero no quería que esa satisfacción se quedara en su cara. Cada curva la tomaba con mucha más precisión; era una oportunidad para demostrarme a mí mismo que no iba a dejar que me robaran ese sueño.
―¡Dale más gas, Melody! ―escuché la voz de mi padre en la barra de pits. Su ánimo me revitalizó aún más, como un chorro de adrenalina que mezclaba fuego y hielo. Aceleré y, con un salto audaz, logré superar al competidor que había causado el accidente en Glen Helen Raceway. Sí, el mismo monigote de Harold Luciano. El terreno se sentía fértil, la victoria estaba al alcance, pero la presión no cesaba.
Harold Luciano apretó y se puso a mi costado, gritándome: “Te vamos a hacer pedazos, retrocede, perro”. Obviamente, ignoré sus palabras, y nuevamente la frustración lo llevó a intentar una vez más otra jugada sucia. Nuevamente, mi moto se desbalanceó, pero logré controlarla. En cambio, él perdió el balance por completo cuando se le pinchó la goma delantera y terminó arrastrado en la tierra, perdiendo su posición en el campeonato.
La última vuelta llegó; la bandera a cuadros parecía llamarme. A mi lado, un buen competidor quedó a dos motos tras de mí. Por mi parte, la felicidad de haber luchado en cada metro me llenaba. Mi mente estaba centrada en cada giro, cada salto. Cuando cruzamos la línea final, el rugido de la multitud era un estruendo. Me limpié las lágrimas de satisfacción mientras sentía el calor de la victoria.
Con el trofeo en mano, levanté la mirada hacia Sandra, quien ahora se encontraba visible al borde de la pista. Su rostro, que antes lucía arrogante y poderoso, mostraba ahora frustración; su mirada prendía fuego, tan penetrante como la primera vez que la vi. La había confrontado y había ganado. Sus esperanzas de control y humillación se desvanecieron ante mí.
Mientras el público celebraba, su mirada era fría y calculadora. Lo sabía, lo tenía claro: “Esto no ha terminado, Melody”, susurré para mí mismo mientras el son de las porras resonaba. Sabía muy bien que una batalla no se refiere solo a ganar una carrera, sino a demostrar la fuerza del espíritu que Dios depositó en el humano. Personas como Sandra se cruzan en nuestros caminos; una prueba que todos en la vida tenemos que aplastar y enseñarles de qué estamos hechos.
Mi padre, emocionado, corrió a festejar este triunfo y, con un abrazo feroz, decidimos cerrar esta historia, dejando a Sandra saboreando su derrota, y explotándole los oídos al escuchar el nombre que me gané en el asfalto: ¡The Raker!
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