EL GUERRERO 


Capítulo 1

El balcón, mi pequeño refugio, es un lugar sagrado para mí. Cada tarde me siento allí para reflexionar. Mientras lo hago, te contaré cómo soy y qué camino he elegido…

Soy un anciano con muchos recuerdos, algunos buenos y otros no tanto. A lo largo de esta maravillosa vida que Dios me ha regalado, he descubierto cosas sorprendentes y, lo más valioso, un amigo. Ese amigo, John, ahora descansa en paz, sin que nada lo perturbe. ¡Ah, el día en que lo encontraré de nuevo se ve cada vez más claro! A veces intento apresurar su llegada, pero siempre se me escapa y me recuerda:

—No es cuando tú quieras, Tom. Sé que estás cansado de vivir, pero aún no es el momento. Tienes una historia que contar.

En esos momentos, me digo:

—Eso te pasa, Tom, por impaciente.

Con el mismo amor que siempre me ha mantenido de pie, vuelvo a sentarme y espero pacientemente a que me llegue la hora. Querido lector, aquí te presento a John, mi buen amigo.

Un día, John vino a mi casa acompañado de un grupo de jóvenes que yo nunca había visto. Con gran cortesía, les dije:

—Con su permiso, chicos. —Mostré la educación que mis padres me inculcaron desde pequeño.

Llevé a John aparte y le pregunté:

—¿Quiénes son estos?

—Son nuevos aquí, Tom —respondió—. Todos son hermanos y necesitan amigos.

Al cabo de unos momentos, me acerqué a ellos y me presenté. Más tarde, salimos de mi casa y nos dirigimos a un bosque cercano. Caminamos sin descanso, en silencio, disfrutando del canto de los pájaros y del viento que agitaba los árboles, como si fueran las cascadas rugientes de un río. De repente, uno de los jóvenes le dijo a John:

—Estoy cansado, John.

John se volvió hacia mí y propuso:

—Tom, descansemos un rato; están cansados.

El más pequeño, Bryan, me dijo:

—Queremos volver a casa.

Suspiré y respondí:

—No te rindas ahora, Bryan. Estamos cerca de ver el paraíso.

Intrigado, Bryan preguntó:

—¿Qué es eso?

Sin comprender del todo la palabra, simplemente la pronuncié en ese momento. John y sus hermanos me miraron asombrados, murmurándose:

—¡El paraíso!

El hermano mayor, que había permanecido en silencio todo el camino, finalmente me preguntó tímidamente:

—¿Falta mucho?

Azorado porque sabía que era una mentira, recordé cómo mis padres detestan las mentiras y cómo me castigaban si decía una. Le respondí:

—Eh, sí. Ya estamos muy cerca.

Sentándome nuevamente, John me preguntó:

—¿En verdad existe un paraíso? ¿Será como las historias que cuenta mi abuelo?

—Gracias a tu abuelo por ser tan sabio. Pues claro que sí, tonto. ¿Qué cuenta tu abuelo?

En ese momento, un rugido lejano nos sobresaltó. John, con los ojos muy abiertos, exclamó:

—¡Las historias de este bosque son ciertas!

De repente, comenzó a llover y el viento aumentó, trayendo consigo una risa aguda y aterradora. Los hermanos se desvanecieron sin dejar rastro. John, abrumado por el miedo, se desmayó. Yo era el único que permanecía frente a la voz y el viento cuando, de repente, en un instante no calculado.

Todo terminó cuando aparecieron unos hombres con espadas en mano, montados en unos caballos blanco y negro. Me quedé asombrado por los ojos de fuego del caballo, que cambiaban de color a un verde brillante. Cuando miré a uno de los hombres, noté que sus ojos eran iguales a los del caballo. Con una voz profunda, me dijo:

—Tu amigo y tú han sido elegidos para una misión en la que muchos han fracasado. Ahora están en esclavitud y prisioneros, castigados a todas horas.

Retrocedí y pregunté:

—¿Quiénes son ustedes?

Otro hombre respondió:

—Algún día serás como nosotros, pero por ahora, no te preocupes por quiénes somos o de dónde venimos. Sigue estas instrucciones: el camino frente a ti te llevará a un río; allí recibirás nuevas indicaciones. 

John, despertándose, se levantó asombrado y exclamó:

—¡Wow, ustedes son reales!

El primer hombre le dijo a John:

—Sigue las instrucciones que le dimos a tu amigo.

Otro de los hombres sacó un cofre y, abriéndolo con cuidado, nos entregó unas armaduras que nunca había visto. Es más, ni sabía que existían. Otro de ellos nos proporcionó unos caballos con armaduras del mismo material que las nuestras. Y el hombre que me había hablado al principio nos entregó unas espadas más grandes que nosotros. Le dije al hombre:

—Nosotros no podemos con esas espadas.

—Cuando tomes la espada en tus manos, recibirás fuerzas suficientes y crecerás como un hombre fuerte. Así podrás derrotar lo que sea. Por cada monstruo que destruyas, recibirás aún más fuerza.

A medida que el viento regresaba y escuchábamos la risa, los hombres y sus caballos desaparecieron. Las espadas que nos habían dado estaban clavadas en un árbol, mientras nosotros estábamos en el suelo con las vestiduras puestas. Mirándonos de arriba a abajo, pegamos un grito, pues no podíamos comprender el crecimiento de nuestro cuerpo, aunque aquellos hombres nos habían advertido. Le dije a John:

—Recoge tu espada, que tenemos una misión.

—A decir verdad, me quedaría aquí en el bosque por el resto de mi vida.

Tomando nuestras espadas, recibimos un rayo como si viniera del sol. Nos impactó de tal manera que nuestros sentimientos cambiaron. Ya no éramos aquellos jóvenes que habían ido al bosque a buscar una aventura; ahora queríamos llenar nuestras espadas de sangre. Aquellas palabras del hombre habían conmovido mi alma y mi corazón. Lo único que quería era rescatar a esas personas. Eso era lo que tenía en mente.