EL GUERRERO
Capítulo 2
Siguiendo el camino hacia el río, tuvimos nuestra primera batalla. Al llegar a una montaña imponente, John me preguntó:
—¿Iremos los dos, o irás solo?
—Quisiera ver qué tan fuerte eres —respondí con una sonrisa retadora.
John soltó una risa y me contestó:
—Soy tan fuerte como tú.
—¿Ah, sí? —repliqué, intrigado—. Pues, compruébamelo. Te estaré observando desde aquí.
John desenvainó su espada y comenzó a descender por la montaña hacia el llano. En cuanto los monstruos se percataron de su presencia, empezaron a correr en su dirección. Mientras John se preparaba, una de las bestias apareció de la nada y lo atacó por la espalda, haciéndolo caer de su caballo.
Rápido como un rayo, John se levantó y empuñó de nuevo su espada. La criatura, armada también, se lanzó contra él. Desde mi posición en la montaña, una risa burlona escapó de mis labios al ver cómo John luchaba por mantenerse en pie.
De pronto, el cielo se tornó de un oscuro manto. Las bestias que avanzaban hacia John se detuvieron, dejando caer sus espadas y escudos. En un giro dramático, John logró derrotar a su oponente, decapitándolo y cortándole ambos brazos. Tembloroso, regresó a la montaña con su espada manchada de sangre, afectado por lo que acababa de suceder.
—Tom, ¡tenemos que seguir! —exclamó—. Están surgiendo muchas bestias de la tierra y el cielo se ha oscurecido… esto no me gusta para nada.
—No tenemos otro camino —respondí, preocupado—. Tendremos que cruzar el llano y ver si al final encontramos el río.
—Ve primero tú —dijo John—. Yo iré detrás, rematando.
Mientras descendíamos la montaña, un estruendo resonó en el aire, como si algo hubiera caído del cielo sobre el llano. La tierra se partió en dos, y nuestros caballos comenzaron a levantarse sobre sus patas traseras, asustados.
—Tom, ¿no se suponía que cruzaríamos hasta llegar al río?
—Eso fue lo que nos dijeron —grité, sintiendo la desesperanza—. Pero por lo que veo, será imposible.
—¿Y ahora qué haremos?
—No lo sé, John.
—Trata de pensar rápido, porque a mí no se me ocurre nada.
Al otro lado del llano, las bestias estaban alborotadas, gritando y hablando en un lenguaje desconocido. De repente, una luz brillante apareció frente a nosotros, obligándonos a cubrirnos las caras. Intenté observar, pero el resplandor era abrumador. Los caballos se calmaban a medida que aquella resplandeciente figura comenzó a hablar.
—Sé que mis guerreros les indicaron que siguieran ese camino, pero he decidido cambiar los planes. Les ordeno que sigan ese atajo hasta encontrar la tierra llamada Viuda Negra. Allí obtendrán la ayuda de un espíritu cuya mujer desea el libro para derrotar al ejército de caras negras; ella es la única que tiene la potestad de adentrarse en él.
—Entonces, ¿quiere decir que no rescataremos a ningún pueblo? —dije, sintiendo la desilusión.
—Exacto, nuestra misión es el libro —confirmó John.
A lo lejos, las bestias comenzaron a caer por las aperturas. Mientras tanto, nosotros seguimos el rumbo indicado por la luz brillante. La noche avanzaba lenta y fría, con la luna oculta entre nubes y estrellas perdidas en la oscuridad. Para colmo de nuestra mala fortuna, la lluvia comenzó a caer. De repente, el caballo de John empezó a relinchar inquieto, y tuvimos que detenernos al escuchar otro relincho más distante.
—¿Escuchas eso? —le dije a John.
—Viene de allá —respondió, señalando con la cabeza.
Al llegar al lugar, nos encontramos con una cueva. Observé alrededor, buscando al caballo, pero lo único que podía ver eran árboles que rodeaban la entrada de la cueva.
—Podemos usarla de refugio —me sugirió John.
Insistió tanto en la idea que decidí darle una oportunidad. Exhaustos por el camino, nos quedamos dormidos. Pero las hormigas comenzaron a picarme, y eso se convirtió en una tortura horrible que me mantuvo despierto toda la noche. Finalmente, cuando estaba a punto de encontrar el sueño, escuché unos pasos que se acercaban, y no eran nuestros caballos.
Susurré a John:
—Alguien se acerca.
Pero John estaba dormido en un profundo sueño. Me armé con la armadura y tomé mi espada. Entonces, escuché una voz que dijo:
—Sé que están ahí.
Me mantuve en silencio, conteniendo el aliento. Avancé unos pasos y la voz continuó.
—Voy a entrar. No intenten nada.
Regresé hacia John y lo golpeé con la pierna.
—¿¡Qué quieres ahora!? —protestó, entreabriendo los ojos con frustración.
—¡Levántate! Ponte la armadura, tenemos compañía.
John se levantó, sorprendido, e hizo lo que le pedí.
—¿Qué quieres? ¿Qué es lo que buscas? —le pregunté al extraño que estaba en la entrada.
Pero no recibí respuesta. Volví a mirar al hombre y le advertí:
—Si das un paso más, morirás.
El extraño se rio con desprecio y me dijo:
—No seas tonto. Soy amigo, no enemigo. ¡Salgan!