EL GUERRERO


Capítulo 3

Saliendo de la cueva, el hombre se presentó como Trabón, un nombre que carecía de atractivo. Nos explicó por qué nos estaba buscando. Dijo que el Dios de la luz brillante se le había aparecido y le había dado instrucciones para ayudarnos a encontrar la tierra de la Viuda Negra, lo cual me pareció prometedor, ya que no tenía la menor idea de dónde se encontraba la enigmática tierra.

Durante el camino, Trabón compartió varias historias sobre su miserable vida, incluida la vez en que la hija del rey se escapó de su palacio y huyó a un lugar desconocido, llevándose consigo un libro que albergaba un secreto crucial.

—El rey se enteró de la fuga y salió en busca de su amada hija. Visitó todos los pueblos a su alrededor, y como no encontró a su princesa, se llenó de furia y desató su ira sobre ellos. Cuando llegó a mi aldea, la situación cambió, pues mis hermanos se levantaron en armas. Sin embargo, el rey y su ejército arrasaron con todo y yo fui el único sobreviviente —recalcó Trabón.

—Vaya tragedia para tu aldea, y todo por un libro —comentó John tras un bostezo, mostrando su cansancio.

Después de una larga caminata, finalmente llegamos al famoso río. Trabón se apartó a un lado, se arrodilló y comenzó a hablar en un idioma desconocido. John y yo nos miramos, llenos de confusión, y decidimos imitarlo. Pero Trabón dio un giro inesperado y, con un movimiento de sus manos, desató un poderoso viento que lanzó a John contra una roca. Yo, por otro lado, fui arrastrado hacia las profundidades del agua, sintiendo cómo poco a poco me faltaba el oxígeno.

Cuando ya todo parecía perdido, apareció una hermosa sirena que me sostuvo en sus brazos y me sacó a la superficie. Sin embargo, lo extraño fue que no veía a John ni a Trabón.

—No busques a tus compañeros —me advirtió la sirena, su voz melodiosa contrastando con la situación—. Sé que andas en busca de la princesa.

—Sí, exacto. Dile que se reporte a mi presencia —respondí, deseando encontrarla.

—Eso no podrá ser, porque ella no puede aparecerse en este lugar hasta que derrotes a Puzol.

En ese instante, Puzol apareció por los aires, sorprendiéndome por completo. Me arrojó contra un árbol y, riéndose, dijo:

—¿Así que tú eres el que viene enviado por el Dios de la luz brillante? —Se echó a reír, disfrutando del momento—. Yo soy el libro famoso que buscas.

Observando que aún no me recuperaba del impacto, Puzol decidió rematarme, conjurando una bola de fuego. Sin embargo, mi buen amigo John apareció justo a tiempo y la destruyó en pedazos.

—¿Y tú, dónde estabas? —le pregunté a John, todavía aturdido por lo que había sucedido.

—Eso se lo debemos a Trabón, que se convirtió en un portal —respondió, mientras respiraba profundamente para calmarse.

Puzol dejó escapar su asquerosa risa, acompañada de palabras despectivas.

—Déjame adivinar, tú eres John, otro miserable.

Sin perder tiempo, John, lleno de furia, se lanzó al aire y comenzó a pelear. De repente, vi cómo una tela de araña lo envolvía y lo arrojaba violentamente al suelo. Fue en ese momento en que mi espada comenzó a brillar, emanando una poderosa descarga de rayos que recorrieron todo mi cuerpo. Con esfuerzo, me levanté del suelo y lancé la espada hacia Puzol, pero la bestia bloqueó mi ataque y fijó sus ojos en mí con desprecio.

Nuevamente, Puzol lanzó su ataque, pero esta vez, una voz resonó en mi mente:

—Abre tu pecho.

No dudé. Reconocía esa voz. Abrí mi pecho y, de él, emergió un poderoso dragón. Miré a Puzol y le grité:

—¿Quieres jugar con fuego?

Desde lejos, podía oler el miedo que emanaba de Puzol. Intentó crear un gran escudo de acero y fuego, pero no le fue suficiente, ya que mi fiera le propinó un latigazo con la cola, que lo derribó por completo.

Me acerqué a John y ambos escuchamos las últimas palabras de Puzol.

—Muchos han intentado atraparme y, aun así, fracasaban porque no tenían el poder necesario para derrotarme. Ustedes, sin embargo, han conseguido ese privilegio. Les deseo suerte.

Con esas palabras, su cuerpo lleno de espinas y músculos se desintegró en cenizas, que en el instante siguiente se transformaron en el libro que tanto habíamos buscado.

John estaba completamente confundido, lanzando preguntas sobre lo que acababa de suceder con Puzol, sobre el dragón y un sinfín de inquietudes más. Yo, aunque igual de aturdido, no podía evitar sentir una gran alegría; finalmente, el libro estaba en nuestras manos.